
Todos los números primos son impares. Desde los tiempos de Eratóstenes, muchos matemáticos se han afanado por desentrañar las razones de su caprichosa aparición en la lista infinita de los números naturales. Entre dos números primos puede haber una distancia tan grande como dos millones de números intermedios, y tan pequeña como uno. Pero tenemos una certeza: no encontraremos nunca dos números primos correlativos.

En el brevísimo prólogo de Fuga sin fin, Joseph Roth dice: «No he inventado nada, no he compuesto nada. No se trata ya de ‘poetizar’. Lo más importante es lo observado.» No es una aclaración precisamente necesaria, porque el lector ahondará más adelante en la vida del protagonista, Franz Tunda – a quien el propio Roth llama en el prólogo, «mi amigo» – y se dará cuenta de la capacidad de observación de Roth, quien oficia de narrador y artesano en esta novela. Y ya diré por qué artesano.

La chica del Crillón, Teresa Iturrigorriaga, adopta por momentos un tono soberbio y altivo mientras narra sus memorias, y uno como lector queda desconcertado y se pregunta si no será una más de esas damitas de sociedad, caprichosas y engreídas, que se creen las dueñas del mundo y van desparramando por ahí frivolidad.

Salman Rushdie es mundialmente conocido por su obra “Los versos satánicos”, que además de valerle el reconocimiento de los lectores y la crítica, le mereció una condena (fatwa) por parte del Ayatolá en Irán. Sin embargo, esta no es la única obra de Rushdie, también está su novela “Vergüenza”, en la cual explora, a través de la ficción, la situación de Pakistán durante y después del gobierno de Alí Bhutto y su hija, Benazir Bhutto.

Con el premio de novela de Casa de las Américas y un segundo lugar en el Rómulo Gallegos, esta novela de Roberto Burgos Cantor venía precedida por grandes pergaminos y se presentaba como una obra de peso. De igual manera, los comentarios había escuchado me hacían pensar que esta novela era un excelente ejemplo de buena literatura. Y sin duda lo es.