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“La chica del Crillón” de Joaquín Edwards Bello

La chica del Crillón, Teresa Iturrigorriaga, adopta por momentos un tono soberbio y altivo mientras narra sus memorias, y uno como lector queda desconcertado y se pregunta si no será una más de esas damitas de sociedad, caprichosas y engreídas, que se creen las dueñas del mundo y van desparramando por ahí frivolidad. Tal vez algo de eso haya, pero Teresa lo compensa con una ingenua observación de su entorno, de su vida en Santiago, provista de su cuota de ironía. No por nada el padre de este personaje es uno de los autores chilenos que, como pocos, se maneja con propiedad en las lides de la ironía. Me refiero, por supuesto, a Joaquín Edwards Bello.

Teresa Iturrigorriaga aclara en el principio de sus ‘memorias’ que es precisamente su nombre lo único ficticio en la historia. Y elige un apellido tan sonoro porque ella proviene de una familia de muchísimo dinero venida a menos. Vive con su padre y una vieja cocinera a quienes mantiene con muchísimos esfuerzos, su trabajo más recurrente es como vendedora comisionista de propiedades y aunque su prioridad sin duda es que no falte la comida en la casa, Teresa no deja de ser lo que es: una niña rica, y tan poderosa como la necesidad de comer es su ambición por mantener su posición en la sociedad.

Aún viviendo en la calle Romero, vecina de pobres y esforzadas mujeres, Teresita se pone su mejor sombrero, se viste con sus trajes de señorita rica y se hace presente, como todas las damas de la sociedad de la época (recordemos que esta novela es de 1934), en el Hotel Crillón, que vendría siendo algo así como el lugar de moda. El sitio en donde ‘la crema y nata’ de la sociedad santiaguina se juntaba, formando una fauna divertidísima que Joaquín Edwards se encarga de despedazar con sus comentarios mordaces.

La historia de Teresa no tiene giros sorprendentes y aunque la narración es fluida y deja que decaiga el interés del lector, algunas situaciones parecen más bien forzadas. Esto no es problema: lo realmente bello de esta novela, lo realmente interesante, son esas observaciones que desliza Teresa en medio de su narración y que uno sabe – si ha leído también las compilaciones de crónicas de Edwards Bello – que son, en realidad, las críticas que el propio autor hizo siempre a la alta sociedad de su época, tanto en Santiago como en Valparaíso, su ciudad natal.

A pesar de provenir de una familia de muchísimo dinero y de una posición social altísima (su padre fundador del Banco Edwards, su madre nieta de don Andrés Bello), Edwards Bello no respetó para nada sangre ni abolengos con su pluma. No tuvo miramientos a la hora de describir situaciones y personajes de esa alta sociedad que rayaban en lo ridículo. Uno de los personajes de esta novela tiene una aparición fugaz pero poderosa: es prima de Teresa, adinerada, de excelente posición, católica a ultranza, pero que siempre despreció a Teresa mientras esta fue pobre. Y sin compasión, la chica del Crillón la describe así: «la santa dama divide sus cariños entre el confesor y el médico de moda; el confesor le extrae guijarros del alma; el médico le saca piedras del hígado: así va viviendo limpiamente»

Teresa no dejará nunca de frecuentar los lugares a los que asistían esas familias adineradas. Aunque ella sabía y asumía los ríos de frivolidad y de prejuicios que corrían mezclados con el champagne carísimo, no podía dejar de acercarse a ese brillo promisorio de un futuro mejor. Una cena en el Crillón podía perfectamente traerle un buen marido, y con él llegaría también la solución a todas sus penurias. Porque el contraste es brutal: Teresa transitaba entre las riquezas y las miserias como quien cambia de acera según esté haciendo mucho o poco sol.

Es precisamente en ese cambio constante, en ese peregrinar azaroso y frustrante entre la riqueza y la pobreza, que la voz de Teresa se torna interesante y el lector puede hasta hacerse el de la vista gorda con sus comentarios frívolos (necesarios en todo caso para que se entienda el carácter del personaje) y rescatar ideas que parecen ser tiradas al vuelo, para quien las pesque, pero cuyo trasfondo ya no es la banalidad. Así, Teresita dice, como quien no quiere la cosa, que «es muy fea la política. Siempre me pareció inferior la gente cuyos sesos no les alcanzan sino para oír discursos y preocuparse de lo que piensan esos mamarrachos». Cualquier parecido con la realidad…

Teresa recibe una fortuna que le lega en vida Ismenia, una mujer que fue amante de su padre y al parecer se enamoró de él perdidamente. Pero el dinero de Ismenia no era bien visto entre la familia de Teresa, porque esa mujer lo ganó gracias a la casa de citas que administraba con éxito. Cuando la prima de Teresa la reprocha por esa fortuna ‘habida en un negocio ilícito’, la respuesta no se hace esperar, directo al hueso: «(…) este negocio me parece tan lícito como la compraventa, los remates o los cambios de gobierno». ¿No tiene un toque de actualidad esta frase?»

Y siguiendo la conversación con su prima, Teresita se manda esta visión de Dios y la religión: «¿Según eso la vida es el acto de venganza que comete en nosotros un ser que no conocemos y por pecados supuestos que tampoco conocemos?» No hacen falta muchas explicaciones.

Edwards, por supuesto, aprovecha la oportunidad para que su ácido caiga también sobre Chile, es así como Teresa, en uno de sus momentos de frustración, deja esta sentencia producto de una rabia contenida: «De vez en cuando la vida nos da chicotazos para recordarnos que habitamos en la larga y angosta faja de envidia que se llama Chile». ¿Queda claro? Si no, acá continúa para reafirmar la visión pesimista y oscura del país: «Chile está más a tono con el dolor y la muerte».

Otra cosa son las divagaciones amorosas de Teresa. Durante un tiempo su corazón se encaprichó con un diplomático cortés pero poco valiente, quien no se atrevía a demostrarle un poco más físicamente sus sentimientos. Frustrada, pero sincera, Teresita se reconoce que: «no es que quiera dármelas de inocente: yo sé que los niños no llegan de Europa y también sé que el matrimonio es el pololeo continuado en la cama, pero no me gusta que me lo recuerden». Sí, una frase para subrayar y remarcar. O esta otra, que puede oprimir un pecho sensible: «El amor es un estado de ánimo, una esperanza que vuela, y pretender aprisionarlo en leyes es pura quimera; la realidad cotidiana lo deshace».

Hablé hace poco con un buen amigo acerca de Edwards Bello y concluimos que lo que nos llamaba tanto la atención de este autor era la vigencia que cobraba su obra leída en estos días, si tenemos en cuenta que fue escrita en los años ‘30. Ciertas obras literarias son impermeables al tiempo, su vigencia sorprende y se agradece. Edwards Bello fue un observador agudo de su época, un hombre atento a los detalles, sensible a las máscaras que la ambición pone al servicio de la gente, y es gracias a al retrato singular de su presente, que la lectura de sus libros en este momento (el futuro, nosotros) se hace tan grata. Ya lo decía Joseph Roth y vale para este autor: «el presente es mil veces más fuerte que el más fuerte pasado».

____________

Curiosidad: en 1940, el director chileno Jorge ‘Coke’ Délano, realizó la versión cinematográfica de La chica del Crillón, que don Joaquín Edwards Bello no vio con agrado. La imagen es de Beverly Bush, la actriz que encarnó a la protagonista.

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Comentario por Rosa » 29 Marzo, 2010 a las 7:09 am

Estimada Laura:

Sobre la reseña del autor Edwards:

«Chile está más a tono con el dolor y la muerte».

¿Ahora, con la reciente desgracia del terremoto y maremoto en Chile, puede entender mas la obra de Edwards Bello y en general a los escritores chilenos?

Sí, con frecuencia los escritores chilenos, hacen referencia metafóricas a las catastrofes que asolan a Chile.

En esos años de Edwards, en Valparaiso también ocurrieron catastrofes naturales, las que el autor las integra en su obra.

En una crónica Edwards, en un terremoto en 1927, dice: “nos hace más buenos que una misa; nos pone comunicativos y amables”,

Cómo usted sabe, por la prensa, este año el 27 de febrero de 2010, en Chile OCURRIÓ UN CATACLISMO: (terremoto 8.8 + maremoto de olas de 15 a 22 metros de altura, con los consecuentes cambios geográficos en cursos de agua, alturas terrestres e incluso cambio rotación de la tierra).

¿Quiénes resistimos estos?… solo los chilenos :-)
Hay un dicho popular, lo que no mata, te hace mas fuerte….

Usted Laura, en una columna de opinion en el diario de La Tercera (y quien sabe a otros medios de comunicación), sabiendo las responsabilidades que usted tiene, se da el lujo de ¿hacer criticas sueltas a Chile frente un cataclismo?. Con mucho respeto, pero la opinion que usted da sobre Chile, se ve que es poco fundamentada y demuesta desconocimiento hacia la idiosincracia (y humor) e historia chilena de reconstrucción y solidaridad interna. La invito, a que profundize sobre historias de reconstrucción.

Realmente, muchas gracias las naciones del mundo quienes han demostrado su solidaridad emocional, humanitaria y concreta hacia Chile. Muchos chilenos, nos sacamos el sombrero por estos actos de solidaridad espontánea, las tenemos en cuenta.

No se dude que, como nación, los chilenos iremos en auxilio de naciones que ocurran catastrofes, como la que ocurrió en HAITI, país donde varios chilenos tienen y coordinan misones de paz y solidaridad desde hace varios años.

Muchas gracias,

Rosa

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