«Todos Eran Mis Hijos», obra de teatro de Arthur Miller, se presenta actualmente en México a cargo del director Francisco Franco, quién se encuentra dotado de una aguda capacidad para lograr la escenificación de “caracteres y situaciones” como se dice en el lenguaje dramático, y tal y como lo habría dejado de manifiesto en su opera prima, pero cinematográfica: “Quemar las naves”.
Según el planteamiento de la trama, pareciera que ésta va a desenvolverse en el sentido de la rivalidad entre hermanos y basados en el estereotipo ‘madre’ de tales situaciones: la historia de “Caín y Abel”; al menos, eso insinúa la memoria de los juegos infantiles que, como una sombra, se representan en la primera escena de la obra.
Y es que el pasaje bíblico de Caín y Abel, aparece como una constante en la cultura de los Estados Unidos si recordamos títulos novelísticos como “Al Este del Paraíso”, de John Steinbeck, llevada al cine con la dirección del legendario Elia Kazan.
En el transcurso de la obra opera el recurso – llamado por Aristóteles en su Poética – “peripecia”, lo que da a la trama un giro
inesperado, en el que no figura ninguna rivalidad entre hermanos, sino por el contrario, la culpa de un padre que ha causado la muerte de veintiún combatientes del Ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y el suicidio de su propio hijo quién toma la fatal decisión una vez que el escándalo se ha desatado.
Esta obra cuenta la historia de un contratista del ejército, Joe Keller, que llega a hacer una gran fortuna durante la Guerra, lo que me permite, de hecho, hacer un paralelo con la situación actual en la que inmigrantes mexicanos en los Estados Unidos se han enrolado en el Ejército y son desplegados en los teatros de operaciones militares de Iraq, Afganistán y Pakistán.
Joe Keller, el protagonista, considera que “todos eran sus hijos”, es decir, las veintiún víctimas mortales de siniestros de aviación militar producidas por su negligencia criminal como fabricante de piezas de aviación, misma negligencia que es pagada en la cárcel por su socio. Keller no encuentra el perdón de su hijo sobreviviente, Chris. Keller también recurre al suicido, situación que no es ajena para nada a la dramaturgia de Miller si recordamos otra de sus magníficas obras: “La Muerte de un Viajante”
Más sobre esta obra en: www.todoseranmishijos.com
“ TODOS ERAN MIS HIJOS”
Por: Atilio Alberto Peralta Merino
«Todos Eran Mis Hijos», obra de teatro de Arthur Miller, se presenta actualmente en México a cargo del director Francisco Franco, quién se encuentra dotado de una aguda capacidad para lograr la escenificación de “caracteres y situaciones” como se dice en el lenguaje dramático, y tal y como lo habría dejado de manifiesto en su opera prima, pero cinematográfica: “Quemar las naves”.
Según el planteamiento de la trama, pareciera que ésta va a desenvolverse en el sentido de la rivalidad entre hermanos, bajo el estereotipo madre de tales situaciones que se encuentra en el pasaje bíblico de “Caín y Abel”; al menos, eso insinúa la memoria de los juegos infantiles que, como una sombra, se representan en la primera escena de la obra.
Pasaje bíblico que, por lo demás, aparece como una constante en la cultura de los Estados Unidos si recordamos títulos novelísticos como “Al Este del Paraíso”, de John Steinbeck, llevada al cine con la dirección del legendario Elía Kasán.
En el transcurso de la obra opera el recurso – llamado por Aristóteles en su “Poética” – peripecia, lo que da a la trama un giro inesperado, en el que no figura ninguna rivalidad entre hermanos, sino por el contrario, la culpa de un padre que ha causado la muerte de 21 combatientes del Ejército de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y el suicidio de su propio hijo quién toma la fatal decisión una vez que el escándalo se ha desatado.
Esta obra cuenta la historia de un contratista del ejército que llega a hacer una gran fortuna durante la Guerra, lo que me permite, de hecho, hacer un paralelo con la situación actual en la que inmigrantes mexicanos en los Estados Unidos se han enrolado en el Ejercito y son desplegados en los teatros de operaciones militares de Iraq, Afganistán y Pakistán.
Joe Keller, el protagonista, considera que “todos eran sus hijos”, es decir, las veintiún víctimas mortales de siniestros de aviación militar producidas por su negligencia criminal como fabricante de piezas de aviación, misma negligencia que es pagada en la cárcel por su socio. Keller no encuentra el perdón de su hijo sobreviviente, Chris. Keller también recurre al suicido, situación que no es ajena para nada a la dramaturgia de Miller si recordamos otra de sus magníficas obras: “La Muerte de un Viajante”
Etiquetas: arthur miller, francisco franco, todos eran mis hijos