BUSCAR

Un Lector

Los dioses tejen desdichas para
que a las futuras generaciones
no les falte algo que cantar.
Homero, La Odisea, canto VII.

Sucedió el otro día a un minucioso lector de periódicos esto que me dispongo a relatar, y que quizás, si se le medita bien, se salve de ir a dar en el saco roto de la intrascendencia.

Dicho sujeto había estado hojeando sin entusiasmo las páginas de un vespertino local, cuando de pronto halló –– oculto entre las noticias de interés general –– un titular que le llamó la atención sobremanera, en el que concentró la mirada y que al cabo le dejaría un motivo para reflexionar: “Turbamulta toma por asalto casa de un escritor.”

Los detalles de la noticia informaban de una enfurecida multitud que, tras derribar puertas y ventanas, llegó al modesto cuarto que servía de habitación al autor (el nombre de éste no se revela; el redactor se limita tan solo a decir que se trata de un “desconocido escritor de cuentos fantásticos”) y, procediendo con inexplicable saña, ante los rostros atónitos de algunos testigos, prendió fuego a cuanto encontró. Después, de la misma manera imprevista como había llegado, la turbamulta abandonó el lugar dejándolo reducido a cenizas y envuelto en una sombría atmósfera de desolación.

Cerrando el diario, el lector de periódicos comenzó a cavilar: “¡Ah, de modo que es un escritor! Como Stevenson, tal vez, de quien leí la otra vez que creyó siempre que, mientras dormía, unos duendes le “dictaban” sus historias. Me pregunto: ¿Con cuánta vehemencia  no habría quizás anhelado que, de súbito, algún terrible hecho sacudiera los cimientos de su vida?, ¿cuántos serán los días en la espera inútil de ese oscuro suceso, alimento para la obra que le mantiene a merced de la vigilia? Y he aquí que el destino se muestra generoso y le ofrece uno. La Providencia, de la que suele renegar, pues le hace vivir en medio de la más insufrible monotonía, ésa a la que, entre improperios, ha llamado “fastidiosa dama”, mueve de manera tal sus hilos que le convierte a él mismo en objeto de su probable fabulación.”

El lector recuerda ahora que la imagen de un escritor que ve arder su casa en llamas no tiene antecedentes en las letras, o por lo menos él no conoce ninguno. Y puesto que no es perspicacia ni lucidez lo que le falta, concluye feliz: “Habrá que esperar que el espíritu de este autor merezca en verdad esta dádiva del destino y que, en lugar de sentarse a escribir, no empiece a lamentar su suerte, a llorar amargamente el dolor de ser un hombre sin fortuna.”

Dobla el diario y lo pone sobre la mesa, al tiempo que comienza a tararear una festiva melodía y, sintiéndose ingrávido, va de un extremo a otro de la estancia. Su corazón es una campana que tañe de alegría ante la certeza de haber sido partícipe de esta revelación.

Y con una sonrisa y la mano quemada comienza a escribir.

VN:F [1.8.1_1037]
Rating: 0.0/10 (0 votes cast)
VN:F [1.8.1_1037]
Rating: -1 (from 1 vote)

Etiquetas: , ,

    Esta nota ha sido leída 151 veces

    Nadie ha comentado aún »

    Suscripción RSS a los comentarios de esta entrada. TrackBack URL

    Dejar un comentario

    Para que aparezca tu imágen, debes registrarte en Gravatar.com