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“Setenta años”: crónica de Joaquín Edwards Bello

SETENTA AÑOS (1957)

Por: Joaquín Edwards Bello

En mayo de 1887 me bautizaron en la iglesia del Espíritu Santo en Valparaíso. En el sitio de la iglesia se levanta hoy un edificio de departamentos. Donde menos se asoma el espíritu santo. Un buen par de zapatos valía dos pesos. Nací en la calle del Teatro, donde estaba el Teatro Odeón, que el año anterior había creado las tandas a chaucha.

Dicen que no represento setenta años. Voy a responder como don Crescente Errázuriz:

- Es cierto. Tengo setenta y represento apenas sesenta y nueve y medio.

- Es que no se habrá machucado  -  dice otro.

- Es cierto. Huyo de las situaciones machucantes. No he querido ser presidente de nada. Ni de las poblaciones callampas. Ya saben. ¡No me vengan con presidencias!

Nadie podrá probarme que es superior uno que vive muchos años a otro que vive menos.

Cuentan que llevaron ante un sultán a su peor enemigo, prisionero. El captor iba a degollarlo en su presencia cuando el sultán lo detuvo, diciéndole: No. No lo mates. Sería hacerle un favor. ¡Déjalo vivir!

No acepto este juicio. Es castigo vivir cuando se es diabético, paralítico, patuleco y pobre. En cuanto a mí me concierne quiero vivir hasta ver qué pasa con lo de la bomba atómica, lo de la paz universal y lo del metropolitano de Santiago.

Me queda mucho cerebro por estrenar. Azorín aseguró que escribimos por vanidad. El admirable Préndez Saldías dice que el objetivo del escritor es fregar la pita. Yo escribo para llamar la atención. Si no llamara la atención ya me habrían chafado en el diario. Si no escribiera estaría muerto. El filósofo Kierkegaard dijo: “Scherezade, de Las mil y una noches, salvó la vida contando fábulas al sultán. Yo salvo la mía escribiendo fábulas”.

A veces pienso seriamente que soy dueño de verdades indispensables. Que si todos me leyeran podría aliviar al mundo. Escribo como iluminado. He visto una cantidad de mundo increíble.

He sobrepasado el término medio de la vida del ciudadano de mi tierra. He pasado lejos el largo de la vida del hermano conejo, de los hermanos perro, gato, cabra, caballo, camello y león.

Conejo, cinco años.

Perro, quince.

Gato, trece.

Cabra, quince.

Oveja, doce.

Caballo, veinticinco.

Camello, cuarenta.

León, cuarenta.

En años de vida me la ganan el elefante, con ciento; el cocodrilo, trescientos; la tortuga, cuatrocientos, y la ballena, quinientos. En aves me la ganan el papagayo, el águila, el cisne y el cuervo. En cambio, tengo la edad de siete tordos y seis perdices.

El papagayo, el ave más semejante al periodista, suele vivir hasta ochocientos años.

Un conquistador español encontró en la más remota región tropical un loro que decía palabras del lenguaje de una tribu que había sido extinguida trescientos años antes. Hay periodistas como ese loro.

El gato suele vivir veinte años. Hasta los diez goza de terribles crisis de amor. En adelante contempla su pasado de aventuras como el abate Casanova, y duerme. A veces, como el perro, sueña y tiene pesadillas. Amado Nervo dijo del gato: “Diez años de aventuras voluptuosas y diez de contemplación”.

-¿Cuál es el secreto para alcanzar una larga vida?

-No creo en secretos ni en sistemas especiales.

El señor Churchill es un fenómeno de vitalidad. Ha fumado un habano tan grande como la torre Eiffel y ha bebido cantidades navegables de whisky. El mariscal Montgomery es otro fenómeno de vitalidad y no fuma ni bebe. En mi caso bebo a veces, nunca de noche. Nadie me quita el derecho a dormir desde las nueve  o diez. No tengo auto. No les dé por regalarme un Cadillac. Nada envejece tanto como el automóvil. He visto salir penosamente a un guatón multimillonario de su auto y me dije: “¡Dios me libre!”

Era un pobre hombre con tutumas por todas partes. Su cogote era el Himalaya.

No creo en las virtudes de la jalea real. Las industriosas abejas viven solamente un año.

Consejos: No hablar de la Clínica Santa María. Tratar con gente alegre. Tratar solamente con aquellos tipos pesados que no se pueden evitar. Huir de la peste de los vinos de honor.

Andar y andar a pie es gran preservativo. Viajar en tren y en vapores antes que en autos o en aviones es buena costumbre. Buenas medidas son el queso suizo, las otras, el whisky y el choclo. Hablar bastante es un buen purgante. El exceso de vitalidad sin uso es tóxico.

El poeta Browing dijo a su esposa

Envejece tú conmigo,
lo mejor aún no ha venido;
es la vida en su final,
para el cual
fue creado su principio

Crónica extraída del libro “Nuevas Crónicas” de Joaquín Edwards Bello. Selección de Alfonso Calderón. Ed. Zig-Zag, 1974.

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