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Crónica de un homenaje a José Emilio Pacheco

jose emilio pacheco 2Una sala dentro de otra sala de paredes tan falsas como negras. Una manta blanca que da su versión traslúcida del cielo y abanicos laterales que por momentos hacen pensar en una nave industrial. Es domingo y la Feria Internacional del Libro rebosa de gente.

Pero esa gente aún no llena este cuadro negro donde se ha anunciado que se homenajeará a José Emilio Pacheco. El panel lo ocupan aún personajes diversos que discuten sobre el ensayo, pero fallo en mi débil intento por prestarles atención, pues se me quemaban manos y ojos por empezar a reír con el ejemplar de “Los Presidentes en su tinta” del maestro monero Rogelio Naranjo. Pero la risa va acompañada de un cierto malestar pues en los geniales cartones que retratan los diversos colapsos económicos y consecuentes crisis solo cambia el año y el personaje, pero parece que los problemas fueran recurrentes, cíclicos.

Subo la mirada por momentos y observo que faltan menos de 15 minutos para el arribo de JEP y aún no se aparece la manada de seguidores que yo supongo el autor tiene (entre los que, desde luego, me incluyo). Me sumerjo en los cartones y para cuando vuelvo la mirada el salón está prácticamente lleno.

Don José Emilio entra y hay un aplauso contenido, un estallido conservador que se siente con ganas de más, pero tal vez las poses de la erudición indican que no se le puede aplaudir a un escritor como a un rock star, ¿sería rebajarlo? ¿pero qué tal si el aplauso es mera expresión de admiración, hasta de cariño? ¿es también conveninente contenerlo? mientras tanto Cristina Pacheco, talentosísima periodista y compañera del escritor, se sienta un par de filas delante de mi. “Aquí nos tocó vivir”, como se llama uno de sus programas, aquí nos toca, coincidir este día de homenaje a su marido.

Antes de que comiencen a hablar los “homenajeadores” se premia a los alumnos de las Prepas Tec quejose emilio pacheco 11 ganaron un concurso de ensayo respecto a la obra de Pacheco. Estar en la época de los sueños húmedos y recibir de manos de Pacheco un premio me parece que es un buen logro, espero sus trabajos hayan estado a la altura. El escritor se toca el corazón sin decir nada para agradecer a los muchachos que hayan escrito sobre lo que él escribió.

Toca el turno al peruano Julio Ortega, sentado a la derecha de Pacheco. Recuerda anécdotas que corren a lo largo y ancho de 40 años, donde mezcla los afectos personales con los méritos literarios del homenajeado, hilando sus ideas en la siguiente conclusión: José Emilio es ya un clásico, basándose en la definición del término que diera Coetze: “Un clásico es alguien que vive para siempre a través nuestro”. Entonces vale la pena reconocerlo por dicho mérito, que no es el único, pues Ortega cree que a pesar de la apariencia sombría de mucha de la obra de Pacheco, “su voz es lo decible del mundo, produce una justicia poética entre el lenguaje y la realidad…como un mapa transparente del mundo”. Lograr un mapa crudo que clarifica realidades con una bella voz poética, me parece una buena razón para que estemos sentados frente a ese sencillo viejo de bastón y lentes de pasta.

La palabra pasa a Juan Gustavo Cobo, escritor colombiano y también añejo amigo del autor de “Morirás Lejos”. Cobo comienza contundente: “Son tan trágicos sus diagnósticos y tan apocalípticas sus reflexiones, que de ahí siempre salgo profundamente fortalecido”. Pacheco ríe con las anécdotas, se sorprende de los detalles que no recuerda y agradece con miradas humildes los halagos.

El colombiano apunta ideas que pareciesen sencillas pero que van a la esencia de la escritura de Pacheco, la primera de ellas, que el mexicano no es un escritor conformista, pues se ha puesto en el lugar que hay que estar -el de la realidad- y no en el del convencionalismo. Y esto ha llevado a que su obra esté impregnada de una actitud ética, una actitud moral del mundo que observa, retrata e interpreta.

Dibuja entonces dos de los núcleos recurrentes en la pluma de Don José Emilio: el tiempo y su paso arrasador, que todo se lo lleva; y el poder y sus capacidades destructivas. Ambos se complementan con la presencia del humor, “un espectáculo de lucha libre”, dice Cobo, y hace sentido la metáfora, porque tiene que ser entretenida una batalla entre el apocalipsis y la risa.

La gente escucha atenta. Parece que nos volvemos cómplices de historias que no conocíamos y de un afecto de viejas amistades que hasta hace unos minutos nos era absolutamente ajeno. Será porque hay pocos escritores verdaderamente colectivos, populares; pues como lo dice Cobo, tenemos la alegría de saber que un poema de Pacheco ya no es de él, ya no es de nadie, es de todos; y ejercitar entonces lo que el llama el más delicioso de los plagios: el felíz acto de robarse un verso.

Toca el turno al escritor mexicano Antonio Parra, quien no oculta el placer de estar sentado junto a quien fue y es una de sus grandes inspiraciones para dedicarse al oficio. Y señala el fracaso más afortundado en la carrera de Pacheco, un fracaso que agradeció en nombre de todos los presentes y los tantos y tantos más que no lo estaban: el fracaso de quedarse en el anonimato.

Los aplausos no se hacen esperar cuando es el momento de que José Emilio tome la palabra -como si no la estuviese tomando siempre, con la boca, pero sobre todo con las manos- y abojemilio-pachecorde la complicada tarea de hablar de uno mismo. La humildad que lo caracteriza no es una capa, no es una máscara que se quita a placer. El halo de timidez no puede removérsele ni a fuerza de aplausos. Abre los labios: “Yo realmente no sé que decir, más que muchas gracias. Cualquier cosa que yo dijera sería muy corta”.

Toma confianza y agradece a Monterrey el poderse haber ganado la vida, pues relata que fue en la UANL el primer lugar donde tuvo que hablar en público. Y el público juega, tal vez no tan paradójicamente, un rol central en la vida y obra de Pacheco, pues a pesar de su timidez afirma con gran convicción que “El mejor premio para un escritor es encontrar a los lectores y lectoras que le dan vida”. En dicho momento mi comunión con Pacheco selló el eslabón faltante, que diferencia a aquella vez hace ya algunos años donde me senté entre los escalones del Auditorio Luis Elizondo para ir a ver -con más curiosidad que conocimiento de causa- a García Márquez, a quien le inventaron un premio nada más para que se dignara a aparecerse en el 60 aniversario del ITESM, y no quiso decir ni gracias durante la ceremonia. Simplemente aplastó su colombiana humanidad en la silla y vio pasar el protocolo con hastío. Su público excitado -entre los que no me incluía entonces y de ninguna manera me incluyo hoy- le rogaba un mínimo temblor de sus cuerdas vocales para articularles unas palabritas equivalentes a migajas para las palomas de un parque y solo atinó a decir, con una deleznable pesadez: “escribo para no tener que hablar”. Vaya contraste con el viejo tímido que hoy se sienta frente a nosotros.

Pacheco reconoce su edad y las dificultades de ese tiempo devastador, del que tanto ha escrito y hoy se le echa encima, pero aún así, actúa: dice que Calderón, ante el golpe a la prensa escrita que significó el retiro de la publicidad oficial a las revistas, lo forzó a regresar, pues ahora volverá a la carga en las páginas de Proceso sin cobrar un centavo, pues quiere ayudar a la supervivencia de la revista, de la forma que mejor sabe y puede: escribiendo.

Finalmente dice “Voy a hacer algo para agradecer su presencia” y lee los poemas de las páginas que el público le indica. Al final se espera a firmar todos y cada uno de los libros de sus lectores. Mi hermano de 14 años le lleva “El principio del Placer”. Le comento a José Emilio que “Las Batallas en el Desierto” es su libro favorito y se sorprende por su juventud. Me pregunta si somos hermanos y pide de vuelta el libro para dedicarlo a los dos. Pone mi nombre y debajo en mayúsculas y subrayada la palabra: SIEMPRE, “Una dedicatoria única en el mundo”, me dice sonriendo. Le pregunto: “¿Maestro, que se siente que lo quieran tanto?” Sonríe de nuevo y abre los brazos buscando explicarse: “Maravilloso, ya viste, no podía ni hablar”. Estrecho su mano y le agradezco más cosas de las que se imagina, y me imagino también que no seré el único.

Al otro día veo una foto en el periódico de el poeta sentado en las escaleras de Cintermex con su esposa revisando los textos que compró. El poeta de la banqueta, del cataclismo, de la ética y la esperanza, de las gracias y del siempre. Ese es José Emilio. Hay veces que la palabra homenaje sí cobra sentido. De esa sala, todos salimos agradecidos.

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Este artículo fue publicado originalmente por nuestros amigos de CEINPOL (Centro de Inteligencia Política) de México, con quienes tenemos alianza de colaboración.

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