Es posible que en el Paleolítico Superior la única angustia existencial del ser humano se cifrase en la escasez de puntas de flecha para cazar el próximo mamut. Con el tiempo, sin embargo, las sociedades han evolucionado, y la supervivencia se ha convertido hoy en una compleja balanza de intereses yuxtapuestos.
Lo que es peor: en alguno de sus platillos hay siempre una manzana podrida. Hace unos días me vi envuelto en una polémica sobre un famoso director teatral español. La región de Madrid ha emprendido un ambicioso proyecto de fomento de las artes escénicas, y el mencionado director ha aceptado asumir la responsabilidad máxima del proyecto. El problema es que su nuevo cargo, financiado con fondos públicos, depende por consiguiente de otro gran escenario no menos teatral: la política.
¿Está uno legitimado para censurar a los políticos cuando vive de sus iniciativas? Ésa era la cuestión que se debatía acaloradamente el otro día. No había tenido yo tiempo todavía de llegar a una conclusión cuando un viejo amigo intervino en la controversia:
“Te pondré un ejemplo que conozco bien: yo, sin ir más lejos, vivo del cuento.”
Mis ojos se abrieron como platos.
“Naturalmente, el cuento no es el que practico yo, sino mis empleadores. Quizá mi única atenuante es que no comulgo ideológicamente con los Cuentistas para justificar la procedencia de mis ingresos. Para mí, es una diferencia cualitativa, pero para los más puristas no pasa de ser un matiz. Lo malo es que, si miro a mi alrededor, me consuelo como el sabio aquel de la fábula, que desdeñaba las hierbas que otro sabio, tras él, recogía con afán.”
Mi amigo estaba en lo cierto. El que no trabaja para la Administración, espejo de honradez bíblica, suda sus cuarenta horas a la semana para una empresa con intereses en el sector armamentístico, en el lobby petrolero mundial, en las cajas fuertes de las islas Caimán o en la Hidra financiera de zapadores que han cavado el agujero negro por el que ahora se precipita la economía mundial.
Leo en las obras completas de un tal Milton que en lejanos otroras hubo un Paraíso, sí, pero malas lenguas aseguran, ¡ay!, que está perdido. En realidad, el único oficio moralmente inmaculado que se me ocurre es el de sepulturero, y confieso que no me hace tilín.
Entre tanto, la vida debe continuar y, con ella, lo que algunos más valoramos de este absurdo viaje. Los manuscritos de los sabios antiguos (es decir, el rescoldo de la sabiduría y de lo que antes de ser ocio fue cultura) pudieron ser copiados por amanuenses de remotos monasterios, y yo les estoy tan agradecido. Sólo gracias a ellos podemos abrigar hoy todavía una ilusión de continuidad y de pertenencia a la especie Homo sapiens, incluso aunque encendamos el televisor y creamos estarnos asomando a un show de los tiempos de Neanderthal.
La ciencia, el arte, el deporte mental como alternativa al corpore sano con camiseta de Adidas, deben continuar. Más que nada, para que algunos tengamos la suave satisfacción de saber que algunos de nuestros semejantes, al menos, aprovechan un poquito más su potencial como seres humanos.
Soy un sentimental tonto, lo sé, pero es que en el mundo -lo siento, señores profesionales de la farándula política- tiene que haber de todo.