En el marco de la Feria del Libro de Santiago 2009, la embajada argentina presentó el documenal “Roberto Fontanarrosa: Vida, pasión y humor”. Los familiares y amigos cercanos del célebre historietista y cuentista rosarino elaboraron un collage de su vida y su obra. ¿Por qué todos querían tanto al “negro”? ¿Cuál era la razón de su popularidad?
El pueblo argentino se destaca por el fanatismo en torno a sus talentos, no importa el ámbito en que se desempeñen -político, cultural, social-, generando ídolos, literalmente. En el caso de Fontanarrosa, todo Rosario demostró su admiración por el creador, gracias a la inspiración popular y las sencillas pasiones que retrató en toda su obra: el fútbol, la amistad, las mujeres, la compañía. En cierta manera, la popularidad de Fontanarrosa también es una contraposición al monopolio cultural porteño al que el Gran Buenos Aires somete a las provincias argentinas.
Rosario es un gran núcleo urbano de Argentina, una ciudad que bien podría compararse a muchas de las metrópolis latinoamericanas, pero cuya maldición es estar a la sombra de Buenos Aires, la ciudad que enaniza al resto del continente. Sólo 300 kilómetros separan a Rosario de la Capital Federal, tan tentadora para tantos rosarinos de talento. De mediar más distancia entre estas dos ciudades, tal vez las cosas fueran diferentes. Pero Fontanarrosa decidió quedarse en la pampa húmeda, a medio camino entre Buenos Aires y el interior argentino propiamente dicho -Córdoba, Santa Fe, Tucumán…- Y eso se lo agradeció la Argentina entera y, por qué no, el resto del continente.
Es necesario admitir que Fontanarrosa se ganó sus laureles con su merecido esfuerzo, con la constancia de su trabajo, metódico y discreto, rellenando páginas con los dibujos de su trazo sorprendentemente ágil y preciso, o tecleando la máquina de escribir para dar forma de texto a todas aquellas vivencias y anécdotas que él, observador de la naturaleza humana, de la anécdota común, que él catalizaba en su cabeza para llegar al absurdo y el surrealismo más puro, con una cadencia sorprendente por su frecuencia.
Lejos de las pretenciosas aureolas que se cuelgan otros académicos e intelectuales, Fontanarrosa vivió en la sencillez absoluta, concentrado en crear, y sus energías – incluso cuando esta flaqueaba, a consecuencia de una cruel enfermedad que minaba el control sobre su cuerpo con una lentitud exasperante– estaban puestas completamente en divertir a sus lectores con narraciones envueltas de cotidianeidad y pasión popular.
Narraciones que plasmó con singular maestría y simpleza tanto por medio de sus historietas, como Inodoro Pereyra, su sátira personal a la imagen literaria del gaucho, tan abusada en la literarura y la historieta argentina como paradigma de la argentinidad salvaje. O como Bogie el aceitoso, el matón a sueldo cuya popularidad saltó fronteras y se estableció en lugares como México o Colombia. O como aquellas historietas cortas que solían aparecer en la revista Fierro -la original, la de la segunda mitad de los 80-, que era bienvenida por los lectores como agua de Mayo. O bien como sus cuentos, sus novelas, e incluso las colaboraciones que creó como caricaturista editorial, donde mostraba una insólita mordacidad, resuelta casi siempre con muy pocas palabras.
Todos los entrevistados coincidieron en lo difícil que fue para los más puritanos
académicos, aceptar que un historietista como Fontanarrosa escribiera cuentos y novelas. Y no sólo eso, sino que su narrativa fuera notablemente ágil y que contara con la misma socarronería benigna característica de sus historietas. Sin embargo, sus cuentos, editados todos por Ediciones de la Flor, giraban en torno a temas sencillos que “el negro” vivía apasionadamente, como su amor por Rosario Central, los partidos significativos del equipo, las reacciones de la hinchada.
La amistad, otro gran motor de sus obras, la vivió intensamente en un café llamado “El Cairo” en donde se reunía con entrañables amigos rosarinos en una mesa divertidamente bautizada: “mesa de los galanes””. Todos ellos recordaron como Fontanarrosa guardaba silencio sobre sí. Prefería escucharlos. Prefería nutrirse de sus experiencias de vida y con ellas luego crear. Ellos fueron su único círculo y ambiente, por lo tanto, se eximió de pertenecer a los pretenciosos círculos literarios.
Su hijo, Franco Fontanarrosa, lo describió como “un genio, claro, pero un genio vestido de civil”. Un genio que iba vestido de hombre, sin alardear, casi sin entender la enormidad de su talento. Posiblemente sea la mejor definición que se le haya hecho a Fontanarrosa. Y, posiblemente esté ahí la explicación de por qué Fontanarrosa fue tan querido en Rosario, en Argentina y en toda Latinoamérica: porque asumía su rol como uno más sin mayores ínfulas.
Parafraseando a Mendieta, el perro fiel de Inodoro Pereyra, en el ultimísimo guión que escribió el Negro en su vida: “Como dijo Shakespeare: ‘Yes’.”
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